El resto del verano pasó demasiado rápido. Había aprovechado
el verano para sacarme el carnet del coche. Por suerte, había aprobado a la
primera. He de admitir que no me di ni cuenta de que estábamos a principios de
septiembre. El verano se había pasado volando. Y es que cuando mejor te
sientes, cuando más agusto estás, el tiempo parece no avanzar. Puede pasar un
mes, dos, incluso un año… que cuando te des cuenta, puede que ya no estés
rodeado de la gente a la que amas y tanto aprecio tienes. Ese fue mi caso. Hice
todo lo que estuvo en mi mano, pero Lucy ya había tomado una decisión: iba a
marcharse a Inglaterra y no la volvería a ver hasta pasados dos años. Dos
larguísimos años, que se me pasarían eternos. Aún no se había ido y ya la
estaba echando de menos. Había querido aprovechar tantísimo la ocasión de pasar
un verano genial junto a ella, que perdí la noción del tiempo y me percaté de
que el comienzo de las clases estaba a la vuelta de la esquina. A Lucy le costó
muchísmo tomar esa dura decisión. Pero siendo honesto, los dos sabíamos que era
una oportunidad que no podía perder. No a todo el mundo le ofrecían la
posibilidad de estudiar una carrera en un país donde era muy conocido por sus
famosas y muy prestigiosas universidades.
Al fin llegó el triste día en el que Lucy tendría que
despedirse de su familia para marcharse. Era una mañana de comienzos de curso,
yo ya había empezado la universidad. Fui a la universidad pero no me encontré
en todo el día con Lucy, supuse que estaría preparando el equipaje. Aquello iba
a estar muy vacío sin ella. Iba haciéndome a la idea, pero todo aquello me
pillaba de sorpresa y era muy duro para mí. Estuve toda la mañana sumido en mis
pensamientos y lamentándolo una y otra vez. Varios profesores me llamaron la atención
por no estar prestando atención en clase, y yo quería… pero era imposible. No
podía dejar de pensar en la marcha de Lucy. La mañana avanzó muy despacio, se
me hizo eterna. Me moría de ganas por ver a Lucy. Su vuelo salía por la tarde,
sobre las cinco. Tras las clases, caminé a casa con paso triste y melancólico.
Llegué a casa y mi madre me lo notó.
-Hijo, el tiempo pasará rápido. Cuando quieras darte cuenta,
Lucy habrá vuelto y todo volverá a ser igual –me dijo mi madre, intentando darme
ánimos. Su intención fue buena, pero no obtuvo resultado.
Le dediqué una cara amarga y subí los peldaños de la
escalera como si de un zombie se tratase. Me encerré en mi cuarto y me acosté
en la cama. Apoyé la espalda en el respaldo de madera de mi cama, abrazando a
un cojín. Me sumí en una profunda reflexión.
¿Qué haría ahora sin Lucy besándome y mimándome a cada
segundo? ¿Sin sus caricias? ¿Sin sus abrazos? ¿Sin su hermoso rostro con esa
sonrisa que me volvía loco? ¿Qué haría ahora? Toda mi existencia se basaba en
ella, nada tenía sentido si no la tenía a mi lado. Ella era mi razón de ser,
quién estaba ahí en los momentos realmente difíciles en los que nadie más
estaba. Sí es cierto que también estaban mis amigos, que aún los seguía teniendo,
y eso lo apreciaba mucho. Pero simplemente, no sería lo mismo.
Me sobresaltó la melodía de llamada de mi móvil. En la
pantalla táctil aparecía el nombre de Lucy, acompañado de un corazón. Descolgué
el teléfono lo más rápido que pude para poder oír su dulce voz. Esa voz que
tanto me relajaba oír.
-¿Charlie? –dijo cuando me pegué el móvil a la oreja.
-Sí, dime –dije apreciando cada minuto de aquella llamada.
-Voy a coger el vuelo en un momento, quería despedirme de
ti.
-¡Claro! Pero mejor en persona, ¿no? –le dije.- Vete yendo
para el aeropuerto, que yo voy para allá.
-Vale, hasta ahora cariño –dijo con dulzura.
Tras colgar el teléfono, bajé las escaleras rápidamente, de
dos en dos.
-¿A dónde vas con tanta prisa? –me preguntó mi madre con la
duda reflejada en su voz.
-Lucy se marcha ya. Necesito las llaves del coche mamá, voy
a ir al aeropuerto.
Mi madre me entregó las llaves y me dirigí al garaje a toda
prisa. Cogí el Renault gris de mi madre que estaba allí aparcado y lo arranqué.
Hasta que no ahorra un poco más no podría ir al concesionario a comprarme el
mío propio, así que hasta entonces, tendría que apañarme con el de mamá. Tras
sacar el coche del garaje, me dirigí hacia el aeropuerto. El viaje duró
alrededor de media hora. Cuando llegué, aparqué el coche en el parking y me
dirigí a toda prisa hacia el aeropuerto. Encontrar a Lucy entre tanta gente
sería una misión de difícil. Tras casi unos 20 minutos de búsqueda, di con
ella. Estaba con su familia junto a la puerta de embarque, esperándome. Fui
corriendo hacia ella y me recibió con los brazos abiertos. Nos dimos un fuerte
abrazo mientras yo la levantaba en peso y la besé tiernamente en los labios. Un
beso puede ser la mejor cosa del mundo o la peor. Duele cuando besas a una
persona sabiendo que no la volverás a ver tras mucho tiempo.
-Te deseo mucha suerte Lucy –le dije con el corazón a mil
por hora a causa de los nervios.- No habrá un solo día en el que no piense en
ti.
No podía pedirle que se quedara, no tenía derecho a ponerla
en esa situación. Estaba a punto de cumplir su sueño y no quería romper los
esquemas de su cabeza. Ya tenía las ideas claras y no sería yo quien se las
descolocara. Sabía que bastaría con un “quédate conmigo” para hacerla dudar y
hacerla cambiar de idea. Pero yo no quería eso, no quería ser un impedimento.
-Volveré pronto –me dijo con lágrimas en los ojos.- No me
olvides. Te quiero, mi amor.
-Nunca te olvidaré –le prometí con voz ahogada.- Te amo.
Lucy atravesó la puerta de embarque, que iba a parar al
avión. Me quedé observando cómo se marchaba, mientras un sentimiento de soledad
e inmensa tristeza recorría cada rincón de mi cuerpo. Y es que, hasta que uno
no lo vive, no sabe cómo es de verdad. Por mucho que alguien te lo cuente,
nunca se llega a saber cuánto duele ver al amor de tu vida marcharse hasta que
no lo ves con tus propios ojos. Cerraron la puerta cuando ella pasó, era la
última pasajera que faltaba por entrar al avión. Cerraron justo cuando ella se dio
la vuelta, para observarme. Nuestras miradas se cruzaron. Una lágrima resbaló
por mi mejilla y se estampó en el suelo. Sus hermosos ojos, de un azul más
intenso que el propio océano, fueron lo último que vi de ella.
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